lunes, 13 de agosto de 2012


Arthur Rimbaud
(Charleville, Francia, 1854-Marsella, id., 1891) Poeta francés. Sus padres se separaron en 1860, y fue educado por su madre, una mujer autoritaria. Destacó pronto en el colegio de Charleville por su precocidad. En septiembre de 1870 se fugó de casa por vez primera y fue detenido por los soldados prusianos en una estación de París.
Su profesor, Georges Izambard, lo salvó de la cárcel, pero al mes siguiente intentó de nuevo la fuga, esta vez dirigiéndose hacia la región del Norte. Después de trasladarse a Bélgica, quiso emprender carrera como periodista en la ciudad de Charleroi. Entre las dos fugas, había empezado a escribir un libro destinado a Paul Demeny, pariente de su profesor y poeta reconocido en París.
Cuando regresó a Charleville, en el invierno de 1870-1871, su colegio había sido convertido en hospital militar. Huyó a París en febrero y fue testigo de los disturbios provocados por la amnistía decretada por el gobierno de Versalles. Volvió con su familia en marzo, en plena Comuna, y publicó la famosa Carta del vidente. Auténtico credo estético, la Carta definía al poeta del futuro como un «ladrón de fuego» que busca la alquimia verbal y lo desconocido a través de un «largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos».
Verlaine, a quien había enviado algunos poemas, le invitó a París. Rimbaud llegó con un poema, El barco ebrio, quizás la mayor expresión de su genio visionario, que impresionó profundamente a su anfitrión. En París, se integró enseguida en el círculo literario del club zutista y escribió el Album zutique.
Tras una breve estancia en Charleville, donde compuso algunos poemas sencillos, más o menos místicos, nació una tormentosa relación amorosa con Verlaine, que empezó en el Barrio Latino de París, en mayo de 1872. Tras abandonar a su esposa, Mathilde, Verlaine se instaló con él en Bruselas y más tarde en Londres, para experimentar lo que, según Rimbaud, debía ser la aventura de la poesía.
En contacto con los partidarios exiliados de la Comuna, sus vidas se volvieron cada vez más caóticas, a medida que uno y otro cultivaban las excentricidades de todo tipo. En julio de 1873, Verlaine, el «desgraciado hermano» de Rimbaud, huyó a Bruselas; pretendía enrolarse con los carlistas, o suicidarse. Llamó a Rimbaud, éste acudió a su lado y volvieron las disputas. Verlaine, un carácter depresivo, sospechando que iba a ser abandonado pronto, disparó a Rimbaud y lo hirió, por lo que fue arrestado y encarcelado.
Mientras se recuperaba en sus Ardenas natales, Rimbaud terminó el libro autobiográfico Una estancia en el infierno, donde relataba su historia y daba cuenta de su rebeldía adolescente. Luego, gracias a su madre, publicó Alquimia del verbo, pero la obra no fue distribuida (Rimbaud dejó una copia en la prisión, para Verlaine, y repartió otros pocos ejemplares entre sus amigos). Regresó a Londres, acompañado por Germain Nouveau, en 1874, y escribió su última obra, Las iluminaciones, cerca de cincuenta poemas en prosa que proyectan sucesivos universos y proponen una nueva definición del hombre y del amor. A los veinte años, abandonó la literatura.
La segunda parte de su vida fue una especie de caos aventurero. Empezó como preceptor en Stuttgart, se alistó (y desertó luego) en el ejército colonial holandés y viajó en dos ocasiones a Chipre (1879 y 1880). Después de distintas escalas en el Mar Rojo, se instaló en Adén y más tarde en Harar (Etiopía). Se dedicó al comercio de marfil, café, oro o cualquier producto que consiguiera por el trueque de alguna mercancía europea; también envió informes a la Sociedad Francesa de Geografía. En 1885 volvió a Adén y vendió armas. Atravesó el desierto de Danakil y se tomó un tiempo de descanso en Egipto. Por último regresó a Harar, donde prosperaban sus negocios. En 1891, aquejado de fuertes dolores en la pierna derecha, volvió a Francia, donde le fue amputada y murió poco después en un hospital de Marsella.
Obra
Rimbaud es un caso especial de genio poético que revolucionó la lírica ejer­ciendo una libertad total en el empleo de la palabra. Rimbaud lleva al extre­mo los postulados del Simbolismo, que buscaba acceder a la visión simbólica empleando el ritmo del verso como instrumento. En su célebre poema "Vocales", por ejemplo, establece una correspondencia entre estas y los colo­res, relación que puede ser arbitraria, pero que es motivo para crear imágenes deslumbrantes.
Rimbaud concibe la poesía como ilumina­ción y crea símbolos que están más allá de la comprensión racional. Su poesía es producto del "desarreglo de los sentidos" y, para lograrlo, decide "encrapularse", es decir, llevar una vida fuera de las normas sociales. Así, en otro de sus poemas capi­tales, "El barco ebrio", el barco es el sím­bolo del mismo poema y las aguas por las que va descendiendo.
Rimbaud relaciona de una manera espe­cial las palabras, las cuales ya no son expresiones de un estado anímico, sino un instrumento para crear belleza. Una de sus frases más célebres, con la que resu­me su posición en torno a lo que llama "poesía objetiva", es "Yo es otro", con lo que quiere significar que el yo que se encuentra en sus poemas es puramente gramatical y no una expresión del yo real, como en los románticos. Sus dos grandes libros son Una temporada en el infierno (1873) y Las iluminaciones (1874). Un as­pecto importante de la influencia de Rim­baud es que ella se ejerce no solo sobre las obras de los poetas de las siguientes generaciones, sino también sobre la vida misma de estos, pues Rimbaud es uno de los símbolos de la dedicación total a la vo­cación poética.
El poema "El durmiente del valle" es uno de sus primeros poemas y, en él, el ritmo es aún cercano al tradicional. "Alquimia del verbo", en cambio, per­tenece a Una temporada en el infierno y nos muestra un Rimbaud más libre y creativo.





EL DURMIENTE DEL VALLE
Un rincón de verdor donde un arroyo canta
emperchando a lo loco en la yerba rasgones
de plata; donde el sol, desde altiva montaña,
reluce, un vallecito que hace espumas las luces
Boquiabierto, un soldado joven con la cabeza descubierta y la nuca bañada en berro azul, duerme; está tendido en la hierba, bajo nube; pálido en verde lecho donde llueve la luz.
Con los pies en los lirios, duerme. Sonriendo como lo haría un niño enfermo, duerme un momento. Natura, mécelo cálidamente. Tiene frío.
Ya no agitan perfume las ventanas
de su nariz; al sol duerme, la mano al pecho.
Tranquilo. En su costado tiene dos hoyos rojos.



ALQUIMIA DEL VERBO

Ahora yo. La historia de una de mis locuras. Desde hacía largo tiempo, me jactaba de poseer todos los paisajes posibles, y encontraba irrisorias las celebridades de /a pintura y de la poesía moderna.

Me gustaban las pinturas idiotas, dinteles historiados, deco­raciones, telas de saltimbanquis, carteles, estampas popula­res; la literatura anticuada, latín de iglesia, libros eróticos sin ortografía, novelas de nuestras abuelas, cuentos de hadas, libritos para niños, óperas viejas, canciones bobas, ritmos ingenuos. Soñaba con cruzadas, con viajes de descubrimien­tos de (os que no hay relatos, con repúblicas sin historia, guerras de religión sofocadas, revoluciones de costumbres, desplazamientos de razas y de continentes: creía en todos los encantamientos.

¡Inventé el color de las vocales! -A negra, E blanca, I roja, O azul, U verde-. Reglamenté la forma y el movimiento de cada consonante y me vanagloriaba de inventar, con ritmos instintivos, un verbo poético accesible, cualquier día, a todos los sentidos. Me reservaba la traducción.

Al principio fue un estudio. Yo escribía silencios, noches, ano­taba lo inexpresable. Fijaba vértigos.

Lejos de pájaros, de aldeanas, de rebaños

¿qué bebía, de hinojos en aquella maleza

Circundada de tiernos boscajes de avellanos

entre la bruma tibia y verde de la siesta?



¿Qué podía beber en ese joven río,

 -¡Olmos sin voz, cielo oscuro, césped sin flor!

en gualdas cantimploras, sin mi choza querida?

Haciéndome sudar, algún áureo licor.



Parecía el equívoco cartel de una taberna.

 -Una tormenta borró el cielo. Al atardecer

el agua de los bosques huyó hacia arenas vírgenes,

 Dios en los charcos carámbanos dejó caer.

Lloré mirando el oro -y no pude beber.

ACTIVIDADES

1.- Responde sobre el primer poema.

a. ¿Quién es el durmiente del valle? ………………………………………………………………………………………………………………………..

b.- ¿Qué pueden ser los hoyos rojos de su costado? …………………………………………………………………………………………….

c.- ¿En qué estado se encuentra realmente? ………………………………………………………………………………………………………..

2.- Analiza el primer poema con atención. ¿Crees que la voz poética presenta ambiguamente al durmiente del valle, es decir, no dice directamente qué le ocurre? Si es así, ¿por qué crees que lo hace?

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3.   Deduce. ¿Qué emoción despierta el poema en el lector?

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4.   Reflexiona sobre "Alquimia del verbo" y responde las preguntas

a.  ¿Qué quiere decir alquimia? ¿Qué relación crees que guarda ese término con los fragmentos seleccionados?

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b.  ¿Cuál es el tono poético que predomina en el texto? ¿Por qué?

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5    Marca la alternativa correcta. ¿Qué tipo de poesía elabora Rimbaud?

a,  romántica         b.  realista           c.   surrealista            d. Simbolista


domingo, 12 de agosto de 2012

JULIO RAMÓN RIBEYRO


 JULIO RAMÓN RIBEYRO



A que te dedicas ahora? - le preguntan a Luder -
-Estoy inventando una nueva lengua
- ¿Puedes darnos algunos ejemplos?
- Sí : dolor, soñar ,libre , amistad...
- ¡Pero esas palabras ya existen!
- Claro, pero ustedes ignoran su significado.

(tomado de Dichos de Luder)
   
Premio Juan Rulfo de 1994

Julio Ramón Ribeyro nace en Barranco en 1929, y muere en 1994. Venido de una típica familia de clase media, no pasa mayores apuros económicos y afectivos durante su niñez.



Realiza sus estudios superiores en la facultad de Letras y Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Por esta época, Ribeyro empieza a incursionar en la narrativa. Nunca ejerce su profesión de abogado, y más bien, apenas concluye sus estudios en 1952, viaja a Europa, gracias a una beca para seguir estudios de periodismo, lo que le da la oportunidad de dedicarse a su interés principal: la literatura. En 1955, aparece en Lima su primer libro de cuentos: Los Gallinazos sin Plumas. Tres años después retorna al Perú y se dedica a la docencia en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, en Ayacucho. En 1970 retorna a Francia, donde trabaja como agregado cultural de la embajada peruana en París, y a partir de 1972 como representante peruano ante la UNESCO. En 1973 publica la primera colección de sus cuentos, en los dos primeros volúmenes de La Palabra del Mudo (Cuentos 1952/ 1972).

  Su vida transcurre entre París y Lima, específicamente en el distrito de Barranco, donde, cada vez que visita el Perú, suele recorrer sus antiguas casonas y tradicionales callejuelas junto a sus mejores amigos, envuelto en largas tertulias, para luego enfrentarse a la máquina de escribir. En 1973 publica La Palabra del Mudo, obra que recoge todos sus cuentos.

 Narrador eminentemente urbano, logró una obra amplia, con un lenguaje fluido y directo. Escribió novelas y cuentos. En este último género alcanza un dominio extraordinario de la técnica. Sus personajes son trabajados exhaustivamente tanto en el nivel social como en el psicológico.

 En 1974  se le detecta cáncer, enfermedad ocasionada claramente por su adicción al cigarro, amigo inseparable en largas jornadas de creatividad e ingenio que concluyen en cuentos y relatos que trasuntan lo inimaginable. Sobreviviente de recaídas y cirugías mayores, los dos últimos años son sin embargo los más felices de su vida, que se apagó el 4 de diciembre de 1994, días después de obtener el premio Juan Rulfo, para muchos el más importante en habla castellana, distinción que reafirma la resonancia de su obra no sólo para los peruanos sino para todo hablante de la lengua hispana.

 El presidente de México por esa época, Carlos Salinas de Gortari, en vano lo esperó para el develamiento de la efigie con el busto del reciente ganador del premio. Su salud se hallaba demasiada quebrantada como para realizar el largo viaje a tierras aztecas. En su lugar, estuvieron presentes en el acto su esposa Alida Cordero y su hijo Julio.



Características Generales de su Obra
      Gran capacidad de análisis psicológico.      
      Notable muestra de la condición humana
      Ha creado el arquetipo de la clase media limeña: hombre   frustrado                                                                          
Desarrolla básicamente temas urbanos
Linealidad en el relato.
El narrador es una conciencia reflexiva
El narrador se rehúsa a comprender su mundo. Sólo lo expone.




NOVELAS
CUENTOS
§  Crónica de San Gabriel  (1960)
§  Los Geniecillos Dominicales (1965)
§  Cambio de guardia



SIN CLASIFICACIÓN

§  Prosas Apátridas (1975; 1986)
§  La tentación del fracaso (1987). Diarios
§  Dichos de Luder ( 1989)
§  La caza sutil ( 1975)
Publicados a partir de 1955 y recogidos en cuatro volúmenes como “La Palabra del Mudo”
Volumen I:
Los Gallinazos sin Plumas
Cuentos de Circunstancias
Las Botellas y los Hombres
Volumen II
Tres Historias Sublevantes
Los Cautivos
El Próximo mes me Nivelo
Volumen III
Silvio en el Rosedal
Volumen IV
Cuentos Santacrucianos
Solo para Fumadores



LECTURA:


UNA AVENTURA NOCTURNA

Cuento por JULIO RAMÓN RIBEYRO

VAMOS A LEER
A los cuarenta años, Arístides podía considerarse con toda razón como un hombre "excluido del festín de la vida". No tenía esposa ni querida, trabajaba en los sótanos del municipio anotando partidas del Registro Civil y vivía en un departamento minúsculo de la avenida Larco, lleno de ropa sucia, de muebles averiados y de fotografías de artistas prendidas a la pared con alfileres. Sus viejos amigos, ahora casados y prósperos, pasaban de largo en sus automóviles cuando él hacia la cola del ómnibus y si por casualidad se encontraban con él en algún lugar público, se limitaban a darle un rápido apretón de manos en el que se deslizaba cierta dosis de repugnancia. Porque Arístides no era solamente la imagen moral del fracaso sino el símbolo físico del abandono: andaba mal trajeado, se afeitaba sin cuidado y olía a comida barata, a fonda de mala muerte.

De este modo, sin relaciones y sin recuerdos, Arístides era el cliente obligado de los cines de barrio y el usuario perfecto de las bancas públicas. En las salas de los cines, al abrigo de la luz, se sentía escondido y al mismo tiempo acompañado por la legión de sombras que reían o lagrimeaban a su alrededor. En los parques podía entablar conversación con los ancianos, con los tullidos o con los pordioseros y sentirse así participe de esa inmensa familia de gentes que, como él, llevaban en la solapa la insignia invisible de la soledad.

 Una noche, desertando de sus lugares preferidos, Arístides se echó a caminar sin rumbo por las calles de Miraflores. Recorrió toda la avenida Pardo, llegó al malecón, siguió por la costanera, contorneó el cuartel San Martín, por calles cada vez más solitarias, por barrios apenas nacidos a la vida y que no habían visto tal vez ni siquiera un solo entierro. Pasó por una iglesia, por un cine en construcción, volvió a pasar por la iglesia y finalmente se extravió. Poco después de medianoche erraba por una urbanización desconocida donde comenzaban a levantarse los primeros edificios de departamentos del balneario.

 Un café cuya enorme terraza llena de mesitas estaba desierta, llamó su atención. Sobreparándose, pegó las narices a la mampara y observó el interior. El reloj marcaba la una de la mañana. No se veía un solo parroquiano. Tan sólo detrás del mostrador, al lado de la caja, pudo distinguir a una mujer gorda, con pieles, que fumaba un cigarrillo y leía distraídamente un periódico. La mujer elevó la vista y lo miró con una expresión de moderada complacencia. Arístides, completamente turbado, prosiguió su camino.

Cien pasos más allá se detuvo y observó a su alrededor: los inmuebles modernos dormían un sueño profundo y sin historia. Arístides tuvo la sensación de estar hollando tierra virgen, de vestirse de un paisaje nuevo que tocaba su corazón y lo retocaba de un ardor invencible. Volviendo sobre sus pasos, se aproximó cautelosamente al café. La mujer continuaba sentada y al divisarlo reprodujo su gesto delicadamente risueño. Arístides se alejó con precipitación, se detuvo a medio camino, vaciló, regresó, espió nuevamente y, empujando al fin la puerta de vidrio, se introdujo hasta ocupar una mesita roja, donde quedó inmóvil, sin levantar la mirada.

 Allí esperó un momento, no sabía concretamente qué, observando una mosca desalada que se arrastraba con pena hacia el abismo. Luego, sin poder contener el temblor de sus piernas, elevó tímidamente un ojo: la mujer lo estaba contemplando por encima de su periódico. Conteniendo un bostezo, dejó escuchar una voz gruesa, un poco varonil:

- Los mozos ya se han ido, caballero.

Arístides recogió la frase y la guardó dentro de sí, presa de un violento regocijo: una desconocida le había hablado en la noche. Pero de inmediato comprendió que esa frase era tina invitación a la partida. Súbitamente confundido, se puso de pie.

- Pero yo lo puedo servir, ¿qué cosa quiere? - la mujer avanzaba hacia él con un andar un poco lerdo al cual no se le podía negar cierta majestad.

Arístides volvió a sentarse:
- Un café. Solamente un café.
La mujer había llegado a la mesa para apoyar en su borde una mano regordeta cargada de joyas:
- Ya está apagada la máquina, Le puedo servir un licor.
- Entonces, una cerveza.

La mujer se retiró al bar. Arístides aprovechó para observarla. No cabía duda que era la patrona. A juzgar por el establecimiento, debía tener mucho dinero, Con un rápido movimiento, acomodó su vieja corbata y alisó sus cabellos. La mujer regresaba. Además de la cerveza traía una botella de coñac y una copa.

- Lo acompañaré - dijo sentándose a su lado -. Tengo la costumbre de beber siempre algo con el último parroquiano.
Arístides agradeció con una venia. La mujer encendió un cigarrillo.
- Hermosa noche - dijo -. ¿Le gusta a usted pasear? Yo soy un poco noctámbula; Pero en este barrio la gente se acuesta temprano y a partir de medianoche me encuentro completamente sola.
- Es un poco triste - balbuceó Arístides.
- Yo vivo en los altos del bar - su mano señaló una puerta perdida al fondo del local -. A las dos cierro las mamparas y me voy a dormir.

Arístides se atrevió a mirarla al rostro. La mujer soplaba el humo con elegancia y lo miraba sonriente. La situación le pareció excitante. De buena gana hubiera pagado su consumo para salir a la carrera, coger al primer transeúnte y contarle esa maravillosa historia de una mujer que en plena noche le hacía avances inquietantes. Pero ya la mujer se había puesto de pie:

- ¿Tiene usted una moneda de a sol? Voy a poner un disco.
Arístides alargó presurosamente su moneda.
La mujer puso música suave y regresó. Arístides miró hacia la calle: no se veía una sombra. Alentado por este detalle, presa de un repentino coraje, la invitó a bailar.
- Encantada - dijo la mujer, dejando su cigarrillo en el borde de la mesa y despojándose de su chal de piel para descubrir unos hombros fláccidos, salpicados de pecas.

Sólo cuando la tuvo cogida del talle - tieso y fajado bajo su mano inexperta - tuvo la convicción Arístides de estar realizando uno de sus viejos sueños de solterón pobre: tener una aventura con una mujer. Que fuera vieja o gorda era lo de menos. Ya su imaginación la desplumaría de todos sus defectos. Mirando las repisas con botellas que giraban a su alrededor, Arístides se reconciliaba con la vida y, desdoblándose, se burlaba de aquel otro Arístides, lejano ya y olvidado, que temblaba de gozo una semana sólo porque un desconocido se le acercaba para preguntarle la hora.

Cuando terminaron de bailar, regresaron a la mesa. Allí conversaron un momento. La mujer le invitó una copa de coñac. Arístides aceptó hasta un cigarrillo.

- Nunca fumo - dijo -. Pero ahora lo hago, no sé por qué.
Su frase le pareció banal. La mujer se había echado a reír.

Arístides propuso otro baile.
- Cerraré antes las persianas - dijo la mujer, encaminándose hacia la terraza.

Bailaron aún. Arístides observó que el reloj de pared había marcado las dos horas. A pesar de ello la mujer no se decidía a retirarse. Esto le pareció un buen augurio e invitó a su vez un coñac. Empezó a sentirse un poco envanecido. Hizo preguntas indiscretas con el objeto de crear un clima de intimidad. Se enteró que vivía sola, que estaba separada de su marido. La había cogido de la mano.

- Bueno - dijo la dueña levantándose -. Es hora de cerrar el bar.

Conteniendo un bostezo, se dirigió hacia la puerta.

- Me quedo - dijo Arístides, con un tono imperioso que lo sorprendió.
A medio camino, la mujer se volvió:
- Claro. Está convenido - y continuó su marcha.

Arístides se tiró de los puños de la camisa, los volvió a esconder porque estaban deshilachados, se sirvió otra copa, encendió un cigarrillo, lo apagó, lo encendió otra vez. Desde la mesa observaba a la mujer y la lentitud de sus movimientos lo impacientaba. Vio cómo cogía un vaso y lo llevaba hasta el mostrador.

Luego hacía lo mismo con un cenicero, con una taza. Cuando todas las mesas quedaron limpias experimentó un enorme alivio. La mujer se dirigió hacia la puerta y en lugar de cerrarla, quedó apoyada en el marco inmóvil, mirando hacia la calle.

- ¿Qué hay? - preguntó Arístides.
- Hay que guardar las mesas de la terraza.
Arístides se levantó, maldiciendo entre dientes. Para echarse prosa, avanzó hacia la puerta mientras decía:
- Ésa es cosa de hombres.
Cuando llegó a la terraza sufrió un sobresalto: había una treintena de mesas con su respectiva serie de sillas y ceniceros. Mentalmente calculó que en guardar aquello tardaría un cuarto de hora.
- Si las dejamos afuera se las roban - observó la patrona.
Arístides empezó su trabajo. Primero recogió todos los ceniceros. Luego empezó con las sillas.
- ¡Pero no en desorden! - protestó la mujer -. Hay que apilarlas bien para que mañana el mozo haga la limpieza.

Arístides obedeció. A mitad de su labor sudaba copiosamente. Guardaba las mesas, que eran de hierro y pesaban como caballos. La dueña, siempre en el dintel lo miraba trabajar con una expresión amorosa. A veces, cuando él pasaba resoplando a su lado, extendía la mano y le acariciaba los cabellos. Este gesto terminó de reanimar a Arístides, por darle la ilusión de ser el marido cumpliendo sus deberes conyugales para luego ejercer sus derechos.

- Ya no puedo más - se quejó al ver que la terraza seguía llena de mesas, como si éstas se multiplicaran por algún encanto.
- Creí que eras más resistente - respondió la mujer con ironía.
Arístides la miró a los ojos.
- Valor, que ya falta poco - añadió ella, haciéndole un guiño.

Al cabo de media hora, Arístides había dejado limpia la terraza. Sacando su pañuelo se enjugó el sudor. Pensaba si tamaño esfuerzo no comprometería su virilidad. Menos mal que todo el bar estaba a su disposición y que podría reponerse con un buen trago. Se disponía a ingresar al bar, cuando la mujer lo contuvo:

- ¡Mi macetero! ¿Lo vas a dejar afuera?

Todavía faltaba el macetero. Arístides observó el gigantesco artefacto a la entrada de la terraza, donde un vulgar geranio se deshojaba. Armándose de coraje se acercó a él y lo levantó en peso. Encorvado por el esfuerzo, avanzó hacia la puerta y, cuando levantó la cabeza, comprobó que la mujer acababa de cerrarla. Detrás del cristal lo miraba sin abandonar su expresión risueña.

- ¡Abra! - musitó Arístides.
La patrona hizo un gesto negativo y gracioso, con el dedo.
- ¡Abra! ¿No ve que me estoy doblando?
La mujer volvió a negar.
- ¡Por favor, abra, no estoy para bromas!
La mujer corrió el cerrojo, hizo una atenta reverencia y le volvió la espalda. Arístides, sin soltar el macetero, vio cómo se alejaba cansadamente, apagando las luces, recogiendo las copas, hasta desaparecer por la puerta del fondo. Cuando todo quedó oscuro y en silencio, Arístides alzó el macetero por encima de su cabeza y lo estrelló contra el suelo. El ruido de la teriacota haciéndose trizas lo hizo volver en sí: en cada añico reconoció un pedazo de su ilusión rota. Y tuvo la sensación de una vergüenza atroz, como si un perro lo hubiera orinado.



 
PRÁCTICA  CALIFICADA
 NOMBRES Y APELLIDOS: ................................................................................................................................



 I.-              Responder a las preguntas correctamente:

1.             ¿Cuáles son los temas que desarrolla Ribeyro en su obra?

2.             Haz un resumen de la historia de “Los Gallinazos sin Plumas” (BUSCAR  EL CUENTO Y LEER)

3.             A qué premios se hizo merecedor Ribeyro . ¿Con qué obras?

II.           Señale verdadero o falso según corresponda:

      1.             La palabra del mudo nos  presenta una temática urbana                                         (    )

2.             El padre de Ribeyro fue banquero                                                                          (    )

3.             El premio Planeta fue dado a Ribeyro                                                                      (    )     

4.             Ribeyro   escribió poesía                                                                                         (    )

 III.            Completar correctamente los enunciados:

 1.     El primer libro de cuentos de Julio Ramón Ribeyro se llama _______________________________ . En uno de estos cuentos se retrata con crudeza la vida de  Efraín  y Enrique en manos de su abuelo _______________ quien tenia en su poder a un ___________ a quien alimentan los sobrinos.
 

            2.   Entre las características importantes de la obra de Ribeyro podemos señalar:   
  
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